Nada que contar. Nada que pensar. Sólo el abandono de los sentidos, del cuerpo desnudo. Es tarde, quizá muy tarde. Hace calor, y el calor es viscoso y negro; y se adhiere pegajoso a mi pecho resbalando zigzagueante y salado hacia mi vientre en una caricia envenenada de la que no podré escabullirme y a la que me entrego callado y sin fuerzas; y la noche se alarga sin prisas y sin preguntas que alteren su pereza somnolienta. Van pasando las horas a un ritmo insólitamente lento, y es tan ilimitada y plena la soledad de la noche que coqueteo con el sueño para que demore su viaje; y el sueño se aleja entre bostezos y espera acurrucado en un rincón envuelto él también en sueños. De repente, entregado al mayor de los abandonos, a la lejos, a penas entreoída, una voz salada, apacible, grave, desolada, carnal susurra… “Je t'invite au voyage, je t'invite à partir… je t'invite au désir” una y otra vez… Surgida de no sé dónde y sin avisar me invita –en el sudor y el fuego de la noche y en la inmovilidad del aire– al viaje y a partir y a desear. Y me aventuro por la ventana y el bochorno pegajoso de la noche se convierte con un guiño apacible en cómplice de la invitación al viaje, a partir, a desear. Sus garras abrasadoras se desprenden de mi cuerpo desnudo y se convierten en una ligera nave en la que me alejo perplejo tras el rastro de la voz, que se divierte jugando al escondite y dejando pequeños rastros inundados de palabras que hablan de noche y deseos afiebrados, de palabras que no hablan…
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